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altopías Provisiones para la intervención en otros lugares

 

Taller X Taller de Diseño Arquitectónico. 7º, 8º y 9º Semestre

Profesores: José Ignacio Vielma C. + Ana María Florez

 

 

 

 

 

El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquél que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos lo días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de n o verlo más. La segunda es riesgosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerle durar, y darle espacio.

Italo Calvino. Las Ciudades Invisibles.

 

 

Partiendo de la experiencia concreta de la ciudad contemporánea, reconociendo a ésta como una unión indisoluble entre quien la habita y lo habitado, el curso propone explorar la confortable incomodidad que se manifiesta en esta relación. La ciudad contemporánea se presenta ahora como un sitio ajeno a toda imagen que de ella se hubiera proyectado, a todo orden que sobre ella se haya querido imponer. Se manifiesta, no ya sólo como esa congestión hipercentral propia de la metrópolis, sino también como una multiplicación y diseminación de actividades frenéticas en estructuras formales y territoriales disímiles relacionadas de forma permanente por la tensión. Si esta ciudad se caracteriza por su incapacidad de ser entendida como el claro resultado de la aplicación de un modelo, no puede pretenderse tampoco la posibilidad de que sea leída en relación a un sentido unívoco o totalitario. Esta  tensión se manifiesta en lo urbano en puntos concretos, quizás presentes en toda ciudad, donde los modelos ideales de orden y el resultado de lo construido parecen manifestar una innegable separación. La ciudad contemporánea manifiesta ahora la distancia que parece separar de forma definitiva la realidad de una razón aplicable a su totalidad.

La ciudad es el territorio natural donde las razones unívocas y totalitarias han intentado recurrentemente encontrar concreción física y forma de representación. Hoy, la ciudad presente aparece como una zona indeterminada, incomoda de habitar e imposible de comprender bajo las expectativas de legibilidad del sentido unívoco. Lo que hasta cierto momento parecía obvio: la ciudad como resultado de una intención consciente de representación del orden general de las cosas, de aquello que la hacía posible, se ha convertido ahora en un artefacto autónomo que refleja la disolución de todos los órdenes de control, planificación y representación. O por lo menos, refleja la incapacidad de cualquiera de estos para manifestarse como un orden absoluto. Sin embargo, esta ciudad, al aparecer como un texto incapaz de ser unívocamente interpretado, aparece también como el inquietante “manifiesto retroactivo de una belleza aún no reconocida.” [1] Contraria a la belleza clásica que se garantiza a través de la legibilidad de la forma, y opuesta a entenderse como la representación de un poder absoluto, hoy la megalópolis extiende de manera informe una multitud de lugares, de los que cada uno de ellos en el mejor de los casos, estará cargado con una pequeña dosis de sentido.

En oposición a los espacios modélicos que pretendían la legibilidad total, la ciudad contemporánea puede ahora entenderse como un añadido de situaciones formalmente indefinidas y de intensidad variable que coexisten soportadas en las conexiones que establecen entre ellas y en la adecuación del programa que contienen o proponen. Esta aproximación pragmática coloca frente a los lugares reconocibles, aún existentes, y capaces de ser adscritos a modelos de representación e identidad, la presencia de estructuras que son incapaces de leerse a partir de estas convenciones: las infraestructuras de transporte y servicio, los centros corporativos y de negocios, los vacíos disidentes de las zonas de aparcamiento, las zonas industriales abandonadas, los parques temáticos y los contenedores periféricos de comercio y ocio. No todas estas condiciones urbanas deben considerarse un error en la creación y la aplicación de nuevos modelos, y muchas de ellas aparecen como las únicas respuestas posibles a nuevas necesidades y programas, a nuevas formas de vida y socialización y a nuevas relaciones del habitante de la ciudad con lo institucional, con lo público y lo privado.

Son estas nuevas relaciones las que ocasionarán en la ciudad la aparición de formas urbanas y espaciales que por desconocidas y ajenas a lo convencional se entenderán con frecuencia como indeseables para la crítica tradicionalista. Pero indudablemente, la forma que ahora la ciudad manifiesta es el producto de la superposición y la convivencia de estas estructuras con lo existente, o de la sustitución que de ello se ha realizado. Para Albert Pope, las estructuras nuevas que aparecen en la ciudad y el encuentro de éstas con lo preexistente han dejado de ser entidades identificables, nombrables, corpóreas, manifestándose en cambio como “ausencias, rupturas, vacíos, hiatos o elipsis, los cuales, nuestros términos atados a lo convencional, ‘edificios y lugares’, son incapaces de tomar en consideración.” [2]   Esta incapacidad de determinación y designación sobre las nuevas formas de lo urbano, esta ausencia de nombre constituye, tanto para Pope [3] como para Mirko Zardini [4] , un impedimento para el planteamiento de nuevas estrategias que sean apropiadas a lo específico y marginal de estas manifestaciones. La ciudad contemporánea es absolutamente visible pero incapaz de ser enfrentada con las estrategias urbanas tradicionales basadas en preconcepciones y prejuicios. Sus potencialidades permanecen inexploradas en parte por la incapacidad de poderse referir a ellas con las palabras utilizadas convencionalmente para operar críticamente sobre lo urbano.

La critica se ha dedicado a categorizar las manifestaciones del lugar emitiendo juicios y construyendo categorías, que manifestándose como nombres se convierten en estrategias de exclusión. Toda esta construcción, basada en la preexistencia de la palabra, en su carga nominal , se muestra ahora insuficiente para contener y mostrar la complejidad de la red topológica [5] que construye la ciudad. La crítica termina convirtiéndose en una estrategia de exclusión de todo lo que resulte extraño, incomprensible o inconveniente. Basándose en ella, parece ahora imposible aprehender y comprender las nuevas complejidades con que el lugar se manifiesta y multiplica. Incluso cuando se reconocen múltiples lugares y su posible existencia simultánea, se deja a un lado la manifestación ya obvia de una convivencia múltiple e interdependiente donde se imposibilita la lectura de articulaciones claras y legibles entre ellos. La red de lugares que constituye la ciudad, esta topología compleja, aparece como una multiplicidad donde ya no puede ejecutarse un análisis, separar y leer sus partes, sin que los lugares se disuelvan. La topología de la ciudad se presenta cada vez más como una red de minúsculos puntos fijos aún comprensibles, y un gigantesco campo de relaciones intermedias, indeterminadas e incomprensibles, que se teje entre ellos. Todo intento por determinar un sistema que se refiera a ella como totalidad fracasará y destruirá su relación crítica con lo verdaderamente real. En la ciudad, se pasa del lugar común , ahora casi inexistente, a aquel lugar que por indefinible e indeterminado resultará siempre extraño.

El pensar ahora sobre el concepto de lugar (entendido de como categoría general equivalente a topos ) es en primer término reconocer la insuficiencia de la crítica para abarcar su complejidad. En las clasificaciones existentes, las categorías establecidas, positivas o negativas, o aquellas replanteadas a partir de las existentes, dejan a un lado puntos y márgenes que se escapan de su intención determinante y que a manera de residuos físicos y conceptuales han escapado a la posibilidad de ser determinados. Estos márgenes se manifiestan como todos aquellos otros lugares que existen de forma concreta, pero que aparecen incapaces de ser adscritos a este sistema de taxonómico de clasificación. Es para designar estos lugares que se propone el término altopía (otro-lugar), y con él se reconocen las manifestaciones de aquello que es incapaz de ser revisado desde las convenciones que la disciplina ha construido a partir del topos , a partir de los únicos posibles lugares , positivos o negativos, placenteros o incómodos, que pueden ser habitados. La revisión de los conceptos adyacentes al lugar revela la manera en que estas categorías han resultado a la vez insuficientes y sobredeterminadas para contener y explicar la manifestación de lo altópico . Si se entiende la experiencia urbana como una totalidad legible a partir de conceptos fijos, la aplicación de éstos se convierte en una imposición excluyente sobre la realidad de la ciudad.   Estos  territorios, intuidos   siempre a partir de aquello que los diferencian de todo lo conocido y comprensible,  cotidianamente percibidos y productores de afectación sobre el sujeto, son   comprensibles sólo cuando se reconocen como permanente otros . La altopía se propone como territorio posibles para el proyecto. Como tales, como otros , requerirán estrategias y aproximaciones distintas a las convenciones, metodologías intensas y diferenciadas, estrategias concretas y simultáneamente abiertas que permitan intuir que hay en ellos que los haga capaces de ser territorios potenciales de actuación.

Altopías. Características Concretas

Como forma de enfocar la mirada que busca reconocer la posibilidad de lo altópico, y aún insistiendo en la imposibilidad de asir la altopía dentro de un concepto preciso, podrían establecerse algunas características que permitan reconocerlas. Las características propuestas apuntan justamente a ubicar la altopía como manifestaciones concretas que se ubican entre dos o más de construcciones conceptuales sobre lo urbano. De esta forma, se evidencia recurrentemente la persistente indeterminación de su existencia.

Concreción e intensidad. El espacio de la altopía preexiste, es físico y concreto. No es una construcción teórica ni un modelo a aplicar. Es, como es Manhattan para Koolhaas, “una inmensa cantidad de evidencia sin manifiesto.” [6]  El espacio altópico no se limita a ser un vacío de programa o una solución incorrecta o insuficiente a un problema de orden práctico. Antes de eso, la altopía es el compromiso existente entre los atributos de un espacio fuertemente cualificado y que establece un conjunto de relaciones potentes, y la ausencia de sentido que la ciudad le impone. Es la negación absoluta por parte de lo urbano de ocupar un espacio opuesto a aquello que la tradición pragmática o representativa considera como adecuado, es la negación de todo lo otro que no se ajusta a los modelos legitimados de lo existente. La altopía es concretamente, una estructura espacial potente e intensa capaz de producir momentos de intensidad pero incapaz todavía de ser habitada. La intensidad en la posible ocupación de lo altópico es una manifestación de ese momento estético que se produce entre el espacio y el sujeto que lo habita, y que constituye lo específico del disfrute y del habitar lo arquitectónico y lo urbano.

Lleno - Vacío. La altopía es recurrentemente un vacío urbano, pero esta condición de vacío no se refiere a una ausencia de estructuras, partes, espacios, situaciones y experiencias. La altopía es un residuo producto de la resolución de otros niveles de lo urbano. La altopía, como vacío, se produce, paradójicamente, por la acumulación heteróclita y casual de piezas y estructuras de sentido autónomo.

Habitar - Circular. La altopía es, como producto de la contingencia de su aparición, un espacio no habitable. Al contrario, se reconocen o construyen generalmente asociadas a operaciones de movimiento a través o tangencialmente a ellas. Ello produce una innegable distancia entre el sujeto y el espacio, y por lo tanto la imposibilidad de ser habitado de forma convencional. Pero justamente allí, en su percepción recurrente en el  movimiento, radica su fuerza y su hipervisibilidad.

Conectar - Separar. Lo altópico se observa, es hipervisible, pero también establece una distancia entre ella y el habitante de la ciudad. Es una estructura negada por la lógica de lo urbano, y como tal separa, fragmenta y distancia la ciudad y el sujeto. Anula relaciones entre las partes, aparece como intersticio, pero en esa posición intermedia, también contiene la potencia de reconectar todo aquello que allí se ha separado.

Formalismo - Informalismo. En la altopía no operan las convenciones de la contención clara del espacio y la determinación formal legible. Sus límites pueden presentarse poco claros, discontinuos o disueltos en estructuras vecinas. La forma de lo altópico se hace imposible de reconstruir ante la ausencia de un fondo. Este fondo, es el exceso que la constituye. Aparecerá siempre arreferencial y ubicuamente dentro de la ciudad, y allí se percibirá de manera fragmentada e imposible de reconstituir. Los espacios que contiene no responden a cánones compositivos ni a operaciones conscientes, y solo se manifiestan en la experiencia como momentos intensos de afectación sobre los cuales fracasan todos los intentos de reconstitución formal.

Necesidad - Contingencia. Lo altópico es un accidente urbano que se produce cuando la ciudad trata de solventar torpemente sus necesidades inmediatas. Su existencia es cambiante y variable, y como estructura, tiene negada toda posibilidad de permanecer en la construcción consciente de una ciudad que la considera una presencia descartable, accidental y ausente de sentido.

Esencial - Residual. La ciudad construye la esencia de su forma y de su pragmática destruyendo todo aquello considera inadecuado, o desestimando y cancelando todo aquello que como residuo de su aparición, estaría condenado a permanecer ausente de uso y sentido. Cuando la eliminación de estos residuos falla, aparece el espacio de lo altópico. Este residuo, este excremento urbano, debe entenderse como la presencia accidental e incontrolada de elementos que no pueden ser removidos, y que a pesar de parecer descartables, se caracterizan por su naturaleza permanente. Si se distingue la altopía por su condición de presentar una potencia que permita su reconocimiento, y no simplemente por una cualidad de vacío coyuntural, entenderemos la presencia de lo residual como esencial para su existencia y como condición para evitar su caracterización como vacío espacial. El residuo que permanece en la altopía no se refiere sólo a estructuras físicas y concretas que son irremovibles por ser soportes, partes o fragmentos de lo adyacente. Lo residual, y por lo tanto aquello que puede pretender permanencia en las estrategias de proyecto, es también el sistema espacial potente que como dato en la experiencia permite la primera aproximación a lo altópico.

Sentido – Sinsentido. La revisión previa de las dificultades por asignar a lo altópico un concepto dentro de un espacio compuesto por categorías, y de la intensidad de su experiencia como parte de realidad concreta, servirá para poder entenderlo como un lugar caracterizado por la indeterminación , y por lo tanto no puede ser explicado ni ajustado e los modelos de la razón. La imposibilidad de ubicar un espacio conceptual adecuado para lo altópico, la dificultad de reconocer en ella la forma legible y la belleza clásica, implica la imposibilidad de otorgar a estos espacios un sentido absoluto o unívoco. Igualmente, las altopías son estructuras urbanas de aparición inconsciente, no determinadas por una intención precisa de actuación y producto de la acumulación coyuntural de partes.  La combinación de estas condicionas ocasiona que en el espacio de la altopía se desestime su valor como mecanismo de representación. La altopía no refiere tampoco a ningún orden general de las cosas, no es un modelo que legitime al hacerlas legibles, las relaciones que puedan estar presentes en la naturaleza, lo político o lo social. Igualmente, al ser un espacio negado a la ocupación, aparece siempre separada de los modos de interacción, representación y reconocimiento en relación con quién habita la ciudad. De esta forma, la altopía se manifiesta entonces y de manera recurrente como un lugar que es permanentemente otro . El único sentido posible para el espacio altópico es aquél que se manifiesta cuando el sujeto, desprovisto también del sentido común, convertido en otro, puede, a través de la intensidad de la experiencia del habitar coyuntural de este espacio, hacerse sensible a una experiencia que desestabiliza su sistema de referencias atado a las convenciones.

Los lugares que interesa describir, comprenden entonces aquellos sitios que, como productos de desecho de los procesos de transformación y equipamiento de la ciudad, se convierten en espacios intersticiales caracterizados por la presencia de residuos que actúan como potencia. Estos sitios se distinguen por contener intensidad de usos en algunas capas de su estructura, o ser el resultado de operaciones de construcción de sistemas urbanos en su entorno inmediato, mientras que la ciudad ejecuta sobre ellos una desconexión y una cancelación que es consecuencia de su carácter aparentemente obsoleto. La coexistencia de estas condiciones de movilidad, indeterminación formal, ubicuidad, espacialidad indefinida pero potencial, caracteriza a lo altópico como un posible evento urbano. Evento por su eventualidad, por su presencia contingente y diferente de aquello perteneciente a la ciudad formal que le es vecina, y evento por su naturaleza de acontecimiento, de punto de cruce, de aparición accidental y a la vez sugerente en la intersección de distintas intensidades urbanas.

Tácticas provisionales para proyectar en altopías

En el reconocimiento del espacio de la altopía, a pesar de la oposición manifiesta para ello, se ha sugerido siempre la posibilidad de su posible ocupación. El objetivo principal del ejercicio es la exploración de tácticas que permitan implementar sistemas habitables en estos lugares. Si lo altópico aparece como un espacio intersticial sólo explicable desde el reconocimiento de una realidad indeterminada y de un sujeto permanentemente alterado, vuelto otro, si el deseo por habitarlo es indicativo del desplazamiento de ambos, habitar su espacio sería completar y reconocer la potencia de ese desplazamiento fuera del espacio de la representación, fuera del qué es de su concepto. Habitar la altopía no es de ningún modo conservar la percepción distante y resignada con que la mirada neoromántica y pintoresca nos aproxima a ella. Emprender la ocupación de la altopía implica entrenar una mirada, hasta ahora deslumbrada por la ausencia de sentido, para poder reconocer con precisión personal  y consciente en qué reside su potencia. Proyectar para habitar la altopía, es ser capaz, dentro de este reconocimiento de la especificidad, de develar las cualidades críticas y transformadoras que contiene.

Entre las aproximaciones tácticas posibles, nunca excluyentes, y siempre posibles de combinación y transformación para apuntar lo menos posible a la construcción de una idea-fuerza imponible sobre lo preexistente, se proponen:

Reconocimiento de la preexistencia , sus valores y potencias espaciales, las cualidades captadas a través de la experiencia concreta y real en el sitio. Este reconocimiento de ningún modo apunta a una imposibilidad de acción ni a la conservación pintoresca de lo existente, sino, contrariamente a un trabajo intenso que permita intensificar las condiciones existentes en combinación con otras nuevas.

Reciclaje de los residuos, de las condiciones residuales existentes, como partes, o como potencias experienciales se pueden convertir en un soporte provisional del proyecto. Esta provisionalidad apunta a una aproximación débil al hecho proyectual, donde el autor y su idea predeterminada pierden peso y se deja paso a la intervención de lo indeterminado en el hecho proyectual.

Establecimiento de un sistema en lugar de una forma, como estrategia que permite vincular las condiciones preexistentes, las interrupciones, las fuerzas, las espacialidades junto con una interpretación propositiva de la propuesta programática. La visión sistemática le quita privilegio a la preconcepción formal como estrategia de aproximación al proyecto. La apertura de los sistemas a responder y negociar con datos y condiciones previas permite una adaptación más adecuada a lo específico, y a la vez el mantenimiento de la ausencia de forma legible.

Programación y re-programación, como manera de superponer la lógica de las actividades preexistentes, presentes en otros niveles o en condiciones próximas, con nuevas actividades que permitan intensificar la ocupación y por tanto la ocurrencia de acontecimientos en el lugar. La ocupación programática puede tener condición pública, privada o mixta, y según estas decisiones podrá generarse dentro de la altopía distintas intensidades de uso.

El reestablecimiento y establecimiento de vínculos entre el lugar y las condiciones próximas permite no sólo el flujo hacia las condiciones internas de la altopía, sino también deshacer las desconexiones y omisiones que estos espacios establecen frecuentemente con el lugar. La operación de reconectar lo altópico con la ciudad permite de manera inmediata romper la estrategia de represión y exclusión que la ciudad ha establecido sobre ella.

Permitir habitar el espacio de la altopía es romper su represión, y cancelación de la estructura urbana, e implica un trabajo quirúrgico sobre lo específico. La especificidad quirúrgica que se propone es la de reconocer que cosa dentro del espacio altópico constituye su potencia, y darle fuerza. Es reconocer los espacios de intensidad en los residuos que presenta, las relaciones establecidas, canceladas o potenciales, y las estructuras físicas que se pueden convertir en soportes provisionales para el trabajo de proyecto, para ejecutar una intervención que la convierta en otro espacio habitable. Es evitar llevar a cabo una operación totalitaria de destrucción y sustitución de lo existente por reconocerse parte fundamental de la experiencia urbana. Reconstruir este espacio es ejecutar una operación de orden inferior a lo considerado como arquitectónico, es insertar una pequeña dosis de sentido exterior y marginal. Garantizada la intensidad de lo preexistente, la operación se soporta sólo en reconstruir, acondicionar e integrar su potencia a los espacios que le son vecinos y a la posibilidad de ser ocupada. Reconstruir sus conexiones, y así integrarlo al espacio de la ciudad rompiendo el silencio de su cancelación y la interferencia práctica que su presencia implica sobre los espacios próximos. Reconocer y reconstruir sus posibles relaciones físicas y espaciales. Permitir el establecimiento de programas y usos intensivos, garantizando su aparición e integración como un nuevo evento urbano. Acondicionar, en un esfuerzo por debilitar la aplicación de la razón convencional de la disciplina, el espacio de la altopía para que se presente como un verdadero acontecimiento urbano, siempre otro lugar , más allá de las razones que hasta ahora han ocasionado su represión. Con la realización de estas operaciones infrarquitectónicas, con esta operación pragmática de solo recuperar el tejido destruido y potenciar las relaciones existentes, se garantiza la imposibilidad de la inserción allí de un sentido unívoco o de la recuperación de la legibilidad de las formas preexistentes. Así lo altópico se presentará aún como una potencia espacial que contendrá sólo el ínfimo sentido del acontecimiento urbano que allí se ejecuta. Emprender la ocupación de lo altópico es reconocer una estructura real capaz de ser siempre otra, capaz de transgredir sobre lo concreto las convenciones de la disciplina, es reconocer lo nuevo en las posibilidades críticas de lo preexistente, es mantener vivo un deseo por todo lo irremediablemente diferente.


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[1]     Koolhaas, R. “ Postcript: Introduction for New Research. ‘The Contemporary City´” . p.325. en Nesbitt, K.(ed.) Theorizing a New Agenda for Architecture: An Anthology of Architectural Theory. 1965-1995 .(traducción propia)

[2]     Pope, A. Ladders. p.5. (traducción propia).

[3]     Ibíd . p.2 y ss.

[4]     Zardini, M. The Prevalence of Landscapes. p.198 y ss. en Nuevos paisajes, nuevos territorios. Catálogo de la muestra organizada por el Museu d’ Art Contemporani de Barcelona. Barcelona, 1997.

[5]     Con este termino nos referiremos siempre al conjunto de sistemas concretos de lugares y de las relaciones que se establecen entre ellos. Constituye el nivel más general que reúne las categorías de la taxonomía del lugar, del topos.

 

[6]     Koolhaas, R. Delirious New York , p.9.